Un quetzal

Luis Ramírez

Viernes, 9:00 AM. Subo. Tras un par de empujones, encuentro un lugar y me siento. El “brocha”comienza a gritar “vuelto de cinco” y me paro para recibirlo. Retomo mi asiento. El chófer cierra las puertas y comienza el trayecto hacia La Terminal. Sube el volumen a la que parece ser una de sus canciones favoritas de reguetón. El brocha la canta a todo pulmón. Volteo a ver hacia mis alrededores y lo único que veo son caras aterradas a causa de que hace unos días en la misma ruta hubo un atentado en contra del chófer por no pagar las extorciones. El bus se detiene; baja gente y sube otra, pero la expresión de todos no cambia, sigue siendo de terror. El bus llega a la terminal y todos nos bajamos.

Camino un par de cuadras y la expresión de las personas comienza a cambiar, se ven un poco mejor: muchos felices y bromeando, otros agotados. Los vendedores caminan a la par mía ofreciendo sus productos; que van desde artículos de casa hasta una bebida milagrosa que es capaz de curar un sin fin de enfermedades. Veo niños jugando en los suelos sucios, llenos de comida putrefacta, basura y una infinidad de moscas. Veo a una anciana dormida en su puesto, un joven sudando exhaustivamente por el peso de su tanate, carniceros espantando moscas, perros en busca de un bocado, un hombre predicando con un micrófono y su bocina en la espalda, niños atendiendo mientras su madre come, camiones descargando mercadería, un hombre borracho y mal oliente en la esquina, y un par de personas que solamente van de paso.

Terminado mi mandado, comienzo a caminar hacia otro bus para regresar. Me subo y busco asiento. Se lo cedo a un anciano que apenas podía mantenerse de pie. Antes de salir, un hombre de unos 40 años se sube y comienza a platicar de su esposa enferma y sus hijos desnutridos, se le ve triste y frustrado. Al finalizar su discurso, comienza a caminar de adelante del bus hacia atrás, recibiendo el dinero de los que compraron su lástima. Se baja, y suben otros vendiendo mango, naranja y CD´s. El chófer enciende su radio, cierra las puertas y el brocha recorre el bus cobrando el precio del trayecto: un quetzal. Ya en camino, hace sus paradas rutinarias, gente sube y gente baja; jóvenes estudiantes, un visitador médico, una abuelita y su nieto, madre e hija y muchos jóvenes. Llego a mi parada y me bajo, rezo y continúo: sobreviví.

Un quetzal cuesta subirse al único y escaso transporte público en el país. Un quetzal puede costar el subir y nunca regresar, dejar a tu familia, perder tus sueños y destruir hogares. Solo un quetzal, pero no hay opción, si no se sube y paga, no hay ingresos y por ende, no hay comida y cómo suplir las demás necesidades. El miedo se vuelve costumbre. Los guatemaltecos hambrientos por salir adelante corren un riesgo inigualable por las mañanas que salen y en las tarde-noches que necesitan retornar. Muchos niños ni siquiera estudian, muchos no tienen trabajo, muchos sufren de insuficiencia monetaria para pagar sus cuentas, y como si eso no fuese poco, deben pagar un quetzal para subirse al transporte en el que se juegan la vida, pero no tienen otra opción.

¿Qué se puede hacer? Ya se sabe que el gobierno es incapaz de solucionar el problema y los mareros ya perdieron su conciencia social. ¡Ah! Y en suma el chofer es un temerario al volante. Que triste ver el hambre de éxito y el sobrevivir de millones arriesgarse en el simple actuar de transportarse que en otros países del mundo y para otros ciudadanos con diferente realidad no presenta riesgo. Si algún momento nuestros políticos tienen un escaso momento de lucidez y reforman el sistema de transporte público, existirán mayores posibilidades de progresar que con otros políticas públicas mil veces más costosas. Pero mientras el momento de lucidez no llegue, muchos deben pagar un quetzal para jugarse la vida e intentar sobrevivir.

Imagen extraída de: http://www.monedasdeguatemala.com/1Q1998.JPG

 

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2 thoughts on “Un quetzal

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