Donde la fuerza de voluntad no llega

Hace un par de semanas escuché uno de los mejores discursos de mi vida. Una compañera universitaria recitó una charla magistral sobre las enfermedades mentales, haciendo énfasis en cómo estas se pueden superar solo con ayuda exógena. Empezaba con una percepción a priori de condiciones como la depresión, ansiedad crónica o bulimia nerviosa; que consistía en creer que todo estaba en la mente, y que solo es cosa de en serio querer un cambio para verlo materializado. Poco a poco ella fue desvelando una serie de epifanías que le dejaban claro que había sitios donde la fuerza de voluntad no llegaba para resolver problemas.

Armada de una retórica casi impecable y de sinceridad de esa que toca almas, logró sacarme de la comodidad de mi butaca y sumergirme en el discurso asociándolo con realidades propias y de mi círculo cercano inmediato. Darse cuenta que el ser humano no es capaz de todo, que cuando se cae en una trampa de ese tipo es necesario acudir a un psiquiatra y a medicamentos que propulsen la inercia necesaria para salir de aquel abismo tan negro como la boca de un lobo. Eso, en conjunto con un apoyo familiar y de amistad consistente.

Lo importante aquí no es la enfermedad mental, la asistencia al psiquiatra ni el uso de medicamentos. El mensaje central es que hay situaciones en la vida de las que no se puede uno escapar sin ayuda de los demás. Hay veces que surge la necesidad de ser ayudado, sea como fuere, para seguir adelante con la vista al frente y con la mente en paz.

Podemos trasladar este mensaje central a la política pública también, apoyándonos en un marco teórico sociobiológico. Si el hombre ha podido evolucionar con este tipo de condiciones que requieren de asistencia externa es porque esa asistencia es persistente. Hay mecanismos comunitarios de cooperación que generan una dinámica de apoyo para con el prójimo. Estamos inclinados no solo a ser sociales, sino también a ser altruistas. Adam Smith deja esto bastante claro en su Teoría de los sentimientos morales—cosa que pareciera paradójica si se compara con el egoísmo explícito en La riqueza de las naciones.

Dicho esto, la condición que por excelencia se asume que se puede tratar desde dentro y que si no mejora es porque el actor no desea mejorar es la pobreza. Muchos discursos asumen que el pobre es pobre porque quiere serlo, y lo que es peor, se asume que es conformista. Sería ingenuo pensar que no existe algún pobre con estas características, pero indudablemente la pobreza va mucho más allá. Es una trampa en sí misma, de la cual no se puede salir sin alguien de fuera que eche la mano.

Hablo particularmente de la pobreza extrema, la que es más fácil de medir objetivamente (vivir con menos de un dólar al día). Aquel que vive bajo esas condiciones tiene recursos para, tal vez, una comida al día. Me corrijo, un bocado al día, dependiendo de en qué lugar del planeta se encuentre. Evidentemente no hay mucho espacio para el ahorro y la inversión desde adentro, el empuje para salir de la pobreza necesariamente tiene que ser exógeno. Paul Collier hace un llamado en The Bottom Billion a analizar el problema de la pobreza, sugiriendo qué podemos hacer para ayudar a mil millones de personas que viven en el fondo de la pirámide socioeconómica mundial.

No pretendo comparar a un pobre con un depresivo, ni mucho menos. El punto que quiero establecer es que hay lugares donde la fuerza de voluntad no es suficiente para desentrampar una condición perjudicial. Hay veces que tenemos que apoyarnos en los demás y entender que en los momentos más oscuros, no tenemos por qué estar solos.

Edgar Gutiérrez

Imagen extraída de: http://multimedia.guatevision.com/2015/08/depre.jpg

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