Dime con qué sueñas Luna

    Ánika Lorenzana

Abrió los ojos, las pupilas dilatadas. El frenazo del camión la había despertado, a ella y a todos en aquel oscuro y metálico furgón.  Casi de inmediato, su corazón empezó a retumbarle bajo el pecho y un calor fogoso comenzó a subirle por la espalda. Se escuchaban murmullos afuera. Algo andaba mal, lo sabía. Las gotas de sudor en su frente comenzaron a mezclarse con las lagrimas saladas que brotaban de sus ojos. Observo los rostros que se encontraban junto a ella en ese desolado lugar. Hombres, mujeres y niños que, como ella, se encontraban aterrorizados e inmóviles, esperando como ciervos acorralados el próximo movimiento del cazador. ¡BANG! Alguien había disparado a pocos metros del lugar. ¡BANG! Otro disparo. Sujetó con fuerzas la vieja  medalla de Santa Rita, patrona de las causas imposibles, como un náufrago se aferra a una tabla de madera en medio del mar. ¿Y ahora, qué? – pensó. – Ahora, te aguantas que fuiste tu la idiota que se metió en esto. – dijo lo que parecía ser otra voz en su cabeza.

   Apenas llevaba ocho días de aquel infernal recorrido, faltando poco más de la mitad. Las primeras 120 horas habían sido más que soportables; las palabras de despedida de Maite y la tía Fermina habían logrado impregnarla de esperanza y coraje, pero mientras avanzaba el viaje y el hambre en su estómago se intensificaba sus fuerzas fueron poco a poco desvaneciéndose. Estaba cansada, exhausta, molida, hecha palos. No había músculo es su cuerpo que no estuviera entumecido y cada cierto tiempo se veía obligada a incorporarse para aliviar los calambres en sus piernas. Tenía sed, sentía que le martillaban la cabeza y, para empeorar las cosas, le había bajado la menstruación hace dos días. Recordó con la nostalgia de un niño aquellos grandes vasos de rosa de jamaica que bebía en las ferias del pueblo; casi pudo sentir aquel dulce y frío liquido bajándole por la garganta.

Desde muy niña se había considerado así misma una nefelibata por naturaleza, siempre con la cabeza en las nubes y atreviéndose a soñar más que aquellos a su alrededor. Talvez por eso nunca sintió que pertenecía a ese lugar, a ninguno en realidad. “Malagradecida” – la llamaba su madre. -Nunca tenes suficiente, ¿verdad? ¡Nada de lo que te he dado a vos y tus hermanos te basta, maldita bastarda! Y aunque nunca se atrevió a confesarlo en voz alta,  Luna sabía que, en efecto, nunca había sido suficiente. Los constantes regaños y críticas, las bofetadas y golpizas, los manoseos por parte de los numerosos novios de la madre y las dolorosas humillaciones que vivía todos los días en lo que había tenido que ser su hogar, se habían convertido en su cruz desde muy pequeña. La falta de oportunidades la habían llevado a trabajar desde los 15 años como empleada domestica en una de las zonas lujosas de la ciudad. Odiaba ese trabajo, lo detestaba. Todos los días se veía forzada a fingir una sonrisa, a enmascarar su inconformidad con una gabacha y un: Buen día licenciado, acá esta su café y el periódico de hoy.” Sabía que tenía suerte, que muchas otras muchachas de su barrio habían ido a parar a prostíbulos o, peor aún, a ser la esclava sexual de alguna mara; sin embargo, eso nunca fue motivo para que Luna dejara de pedir más, de soñar.

   Fue un 22 de mayo cuando Luna finalmente tomó la decisión; iba a cruzar la frontera. Sabía que si renunciaba a su trabajo recibiría el dinero suficiente para pagarle al coyote y, aunque conocía bien los riesgos de aquel extenuante recorrido, se armo de huevos y determinación. No contó a nadie su plan, sólo cuando ya tuvo todos los preparativos listos habló con  su prima Maite y a la tía Fermina. “¡Estás loca! ¿No viste como termino tu papá?”- dijeron casi al unísono. Las próximas dos semanas estuvieron intentando hacerla entrar en razón, pero no la convencieron. Luna estaba decidida, ya no podía seguir soportando esa vida de mierda que le había tocado vivir y, así como millones más, se subió al camión con una mochila en la espalda y no miro atrás.

   ¡BANG! Un tercer disparo, esta vez más cerca, la hizo regresar al lugar en donde se encontraba. Lentamente se incorporó del rincón en donde hace pocos minutos había estado durmiendo y, como  sentenciado a muerte, esperó. “Otra vez tus sueños te quedaron muy grandes Luna” – se dijo con cierto cinismo y una lagrima rodó por su mejilla. Se abrió el portón. Un señor alto apuntaba al interior del camión con un arma. El cazador había encontrado a sus presas y solo quedaba esperar, esperar a que el mundo se le mostrase como siempre lo había hecho: despiadado y sin espacio para alguien como ella. Una sonrisa burlona se dibujo en el rostro del sujeto y cargando por cuarta vez la pistola dijo:“Welcome to the land of dreams”.  

Imagen: http://www.univision.com/noticias/indocumentados/investigador-afirma-que-eeuu-usa-el-desierto-como-elemento-disuasorio-ante-inmigracion

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