Espejos

Anika Lorenzana

Incorporándose besó por ultima vez el cigarro y lo apago. Era una de esas noches donde las letras y los versos lo mantenían despierto; donde la tinta azul de su mordido bolígrafo servía para entretejer retazos de historias que nunca terminaba, fragmentos borrosos de una mente confundida. Minutos, segundos y más segundos convirtiéndose en más minutos. Aquel tiempo vacío y pesado resultó en una pila de hojas blancas con bosquejos, palabras tachadas y algún intento de haiku.

¿Cuántas noches más? se preguntó viendo que el reloj ya marcaba las 2 con 29 minutos y que otra vez más se encontraba en una de esas crisis insómicas que venían atormentándolo con regularidad desde abril. No sabía qué era exactamente lo que buscaba en medio de aquel trance nocturno, pero una idea parecía querer aflorar de su inconsciente para no dejarlo dormir. Dejando sobre el escritorio la libreta  y su bolígrafo se acercó al espejo. Ver su rostro a través de aquel cristal siempre lo había inquietado un poco. Era como si a través de él pudiera adentrarse en partes de su ser que ignoraba existían, como si el espejo  enmarcara por cortísimos momentos sus más profundo deseos y temores. Examinando minuciosamente cada detalle de aquel familiar rostro, y deteniéndose por más de una fracción de segundo en aquellos ojos cafés intentó encontrar explicación a su desvelo.

No todos los ojos cerrados duermen y no todos los ojos abierto ven; se dijo a si mismo con una sonrisa cínica y de auto-indulgencia.

Impulsado por un repentino desasosiego se puso sus botas de cuero negro y salió a la calle con la intención de encontrar en medio del trafico las luces y el ruido; un poco de la calma que el cigarro de antes no pudo regalarle. El famélico brillo que emitían los postes de luz reflejaba, como antes lo había echo el espejo, las sombras que no dejaban descansar a Mateo. Prendiendo otro cigarro y contemplando la pálida luz de la luna pensó: Esta noche,  como muchas otras antes es como un espejo, como una hoja en blanco y un bolígrafo negro.

En esta noche,  como en muchas otras antes, era dónde Mateo debía enfrentarse al reflejo penetrante y profundo que el marco de su viejo espejo mostraba a esos ojos oscuros color caoba a los que no podía engañar. Pues, en medio de la gente, la bulla y bajo la luz del día Mateo estaba seguro.  No existía realmente algo atrás, nada que el reflejo imparcial y desinteresado de ese viejo espejo no pudiera mostrar. Lo superficial y aparente surgían con la naturalidad con la que lo hacía el sol. Las conversaciones y visitas a amigos lo distraían lo suficiente como para hacer que dejara de pensar en el espejo. Pero de noche, sólo y en silencio,  lo que parecía ser el eco lejano de un niño y la sombra de un pensamiento, lo mantenían despierto y pensando. Ese viejo espejo se manifestaba diferente y toda la pesadez del ser se apoderaba de él. Las 5 con 10 minutos y el sol dejaba ver sus primeros rayos. Cansado Mateo suspiró…

Otro día más, una noche menos, se dijo en tono seco y amargo.

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