Reformas sí, pero no así (parte 2)

Luis Fernando Salazar Rosas

Inspirado en la insistencia de dos de las organizaciones que han promovido las Reformas constitucionales (Movimiento Semilla y  JusticiaYa), me veo en la necesidad de volver expresar oposición hacia la cultura de lo políticamente correcto y hacia dicha propuesta.

La propuesta por la que abogan éstas organizaciones es peligroso. ¿Por qué? En primer lugar, porque lo buscan imponer de forma cuasi dictatorial. Y el problema con los dictadores del siglo XXI es que vienen en forma de Obamas sonrientes y no con bigotes hitlerianos. Muchos de estos progres, que son lobos vestidos de ovejas, manipulan la opinión pública a favor, engañando al guatemalteco mal informado.

No es de extrañarse que actúen así, ya es normal que la izquierda en este país intente tomar el poder por la fuerza. Considerando que no logran generar empatía con el votante (lo que los ha llevado a fracasos electorales estrepitosos), ven en el Organismo Judicial su única oportunidad de acceder al poder.

Estos “ilustrados”, que son unos constructivistas sociales de marca (por creer saber lo que es mejor para los demás), están buscando “la receta” para la inclusión en nuestro país. Creen, al estilo positivista kelseniano, que por medio de una Reforma constitucional el indígena ya va a ser igual al “criollo explotador” y que se les va a resarcir por siglos de abusos.

La realidad es que no va a ser así, porque el indígena no está excluido por la existencia de una ley que le prohiba ser parte del sistema. Están excluidos por los estigmas sociales impregnados en nuestra sociedad, que encima cree que ser indígena es sinónimo de ser pobre, y ser blanco es sinónimo de ser rico. Estos estigmas solo se pueden cambiar por medio de la educación, no por medio de éste tipo de propuestas, que encima tiene aspectos que podrían ser usados de forma perversa.

Lo perverso está, en primer lugar, en que no se define ni en qué circunstancias se puede aplicar el derecho indígena, ni quiénes lo aplican, ni a quiénes se les puede aplicar. Esto podría degenerar en una herramienta peligrosísima que puede ser usada solo para juzgar según la conveniencia de un tercero. Además, recordemos que el problema con los líderes indígenas, es que podrían no ser los más aptos para aplicar “su ley”. Si no me creen, recordemos que la Constitución de la República indica en su Artículo 113 que para optar a un cargo público se atenderá a razones fundamentadas en la capacidad, idoneidad y honradez; pero la realidad es que esto no se cumple. Imagínense con los “líderes indígenas”, que ni si quiera está claro cómo se les elige.

Si lo que se busca es que estos pueblos puedan recibir “inversión de calidad” y “empleo digno”, con la jurisdicción indígena se pueden olvidar de que eso llegue. Las empresas del extranjero se van a regir, queramos o no, por leyes y sistemas occidentales. La incertidumbre que genera el pluralismo jurídico lo que terminaría haciendo es condenando a los indígenas a más pobreza.

Otro peligro de la propuesta está en el “Consejo Nacional de Justicia”, que tendría a su cargo la elección de Magistrados de la Corte Suprema de Justicia y Corte de Constitucionalidad. Se estaría creando un monstruo con un poder sin límites; el Organismo Judicial quedaría en manos de 10 personas. A pesar de los criterios de selección, es iluso creer que mansas palomas lo van a conformar.

En la misma línea, en el Artículo 119, se propone la creación de tribunales militares. Si esto se aprueba, ahí iría la yunta de bueyes con el “#SíhuboGenocidio”; y seguiríamos siendo uno de los países que no supera la Guerra Fría.

Ojo con los líderes de la Reforma, Thelma Aldana e Iván Velásquez. Están actuando (como es normal en un actor racional), con base a sus propios intereses, buscando quedar bien ante una comunidad internacional que premia al políticamente correcto y no al que arregla los problemas a raíz.

Considerando la mala fe de las partes que proponen, opino que esta propuesta de reforma ya no se debería tomar en cuenta. No hay nada que debatir ni negociar si una de las partes está actuando con malas intenciones.

Abogo por una reforma responsable, que en lugar de promover más desigualdad busque que todos los guatemaltecos seamos iguales ante la ley. Quiero una reforma que no sea aprobada por culpa de las presiones del extranjero. Generemos un cambio, pero no así, vamos por uno real y a largo plazo. Desde la oposición debemos dejar de ser políticamente correctos y dejar en claro que esta propuesta (que quiso ser empaquetada como la salvación para Guatemala) es una sinvergüenzada.

No hay que dejarnos engañar, los que tienen prisa son los que saben perfectamente los defectos que tiene la propuesta, que para ellos evidentemente son puntos a su favor. Reformas sí, pero no así.

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