Regresando vamos bien encaminados

Enrique Galdámez

La capacidad generativa de la mente humana, integrada a las acciones, constituyen un factor sumamente relevante en la formación de lo real. La habilidad para trasladar imágenes ideales en materia es lo que ha permitido la constante innovación y desarrollo del mundo. Artículos de uso cotidiano ilustran perfectamente tal proceso. Desde la rueda, hasta el dispositivo electrónico en cuya pantalla se encuentra leyendo esto, todo ha pasado por una fase imaginativa, para posteriormente materializar una abstracción a través de la actividad.

Resulta interesante pensar que elementos de uso tan básico, como las palabras, no quedan exentos de dicho proceso. Los términos que utilizamos para comunicarnos no son más que un método eficaz de expresión, asignando una relación entre un determinado grupo de signos lingüísticos y una idea. De este modo, las palabras vienen a ser como cualquier otro objeto, la forma material de una abstracción humana que ha sido consensuada para el intercambio operativo de información. ¿Es posible entonces que la relación entre palabra e idea se rompa?

En el campo de la semántica, existen dos términos para explicar dicha relación: significado y significante. Por un lado, el significado es la idea que tenemos en la mente de cualquier palabra conocida. Es la imagen mental de la palabra, refiriéndose a ella como concepto. Por el otro, el significante es el conjunto de sonidos y letras con las que transmitimos ese concepto a través del lenguaje.

Un sencillo ejemplo lo deja más claro. Al hablar sobre un árbol, su significante estaría determinado por la abstracción mental que una persona tiene sobre dicha palabra. Tal imagen es íntimamente subjetiva. Personalmente, me puedo imaginar un cedro con una altura, color y características específicas, mientras que otra persona puede relacionarlo con un frondoso y diminuto sauce. Sin embargo, para volver operativo el proceso de comunicación, se acuerda que se utilizará el conjunto de signos lingüísticos “árbol” para referirse a cualquier «planta perenne, de tronco leñoso y elevado, que se ramifica a cierta altura del suelo» (RAE, 2014). Esto constituye el significante del término. La palabra que utilizamos para referirnos a la idea, es decir, la materialización del concepto.

Definitivamente, esto vuelve eficaz el proceso de comunicación y sin tal sistema, la capacidad de transmitir y recibir información sería bastante limitada. Es casi imposible que dos personas entiendan una misma idea sin haber de por medio un recurso material, tal como la palabra, que contenga un significado similar para ambas y permita asegurar que uno comprenda lo que el otro está tratando de explicar. De este modo, el lenguaje constituye una impresionante invención humana que ha jugado un rol determinante en el forjamiento de toda realidad contemporánea.

Sin embargo, existe un riesgo en tan maravilloso fenómeno. El hecho de que exista una palabra para referirse a una idea no suprime la subjetividad de esta. En el proceso comunicativo, un vocablo me acerca de manera inmediata al concepto, pero también lo hace de manera superficial. La palabra es la herramienta funcional que utilizamos para expresarnos, siendo la manifestación de la idea, no la idea en sí.

El ejercicio subjetivo de interpretación que requiere la palabra abre la posibilidad a que un tercero manipule su significado. Claro, hacer esto con la palabra árbol, retornando a nuestro ejemplo inicial, es prácticamente imposible, dado que existen características visibles que permiten identificar rápidamente el concepto que se está tratando de describir. Pero ¿qué sucede con aquellas palabras que describen algo mayormente inteligible? ¿Cuáles son las características visibles de la república, o de la democracia o del autoritarismo, por ejemplo? Sin duda, existen ciertos indicadores empíricos que nos permiten afirmar que cierto concepto es aplicable a un contexto, pero cuando este requiere de un ejercicio mental mucho mayor para describirlo es cuando se vuelve muy probable que sea tergiversado.

Precisamente por eso es de suma importancia realizar un análisis de la narrativa con la que se transmiten los mensajes. En el plano político, específicamente, se tiende a fundamentar ciertas medidas haciendo referencia a la “justicia”, el “bienestar social”, el “derecho”. ¿Realmente se utiliza de manera congruente en significado de dichas palabras? Evitamos ser engañados a través del discurso yendo al núcleo de la definición, yendo a aquellas características y condiciones necesarias que hacen posible al elemento y que no son aplicables a otra situación. ¿Qué diferencia a un pájaro de una persona, por ejemplo? La respuesta más lógica sería que uno vuela y el otro no, uno tiene pico y el otro no, uno tiene alas y otro no. Dichos factores, que no son aplicables a la persona, es lo que constituyen la esencia de un pájaro y que nos permiten estructurar un significado claro que hace posible diferenciarlo de cualquier otro ser vivo.

Llevar a cabo tal ejercicio con conceptos más abstractos es de suma relevancia. Identificando lo que hace a la justicia ser, suprimimos en gran medida el mal uso del concepto. De tal manera, será mucho más difícil vernos atrapados en el discurso de alguien que juego con las palabras y sus significados para disfrazar la realidad. Por esta razón, regresando al significado nuclear de los conceptos nos encaminamos por buena senda.

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