El dilema de la unión

José Andrés Sandoval

La historia tiende a ocurrir dos veces: Primero como tragedia, y después como farsa”. – Karl Marx

La Unión Europea nace de las cenizas de una guerra originada por fervores nacionalistas. En su manifiesto, busca el sueño de Víctor Hugo de los “Estados Unidos Europeos”, un baluarte que prevenga más guerras en el continente donde surgieron los peores conflictos del siglo XX. Al materializarse en los años cincuenta, primero como una Comunidad Energética, hasta llegar al Tratado Schengen, esa utopía pareció por un buen tiempo clara y alcanzable: “Que la guerra entre Londres y París sea tan absurda como una entre Boston y Filadelfia” dijo el visionario autor de Los Miserables.

El proceso de expansión fue quizás un tanto acelerado, especialmente en materia monetaria, donde economías muy distintas en cuanto a capacidad productiva y composición del PIB tuvieron que aceptar un Euro hecho a la medida de Alemania y Francia. La última ampliación de la zona Euro incluyó a países anteriormente bajo la Cortina de Hierro, como Croacia y Eslovaquia, que a pesar de su corta edad han encontrado un camino recto hacia la libertad política y económica que caracteriza a la Unión.

El punto de inflexión llegó, como en 1,929, tras una recesión económica que llevó los niveles de desempleo a lo largo de la Unión a niveles históricos. Dos respuestas ocurren después de la crisis: Evaluar la sensatez de la política económica nacional y limitar el gasto, o tratar de seguir viviendo en una época de crecimiento de forma artificial a través de subsidios y endeudamiento. Políticamente, la primera opción es sinónimo de suicidio, como bien lo pudieron constatar los partidos tradicionales de derecha e izquierda, viendo su base electoral esfumarse ante un fantasma que de nuevo acecha a Europa: El populismo.

Probablemente la primera expresión política populista fue el partido PODEMOS en España, que capitaliza el sentir de los “indignados” ante los niveles de desempleo – superiores al 25% en los peores momentos de la crisis -, y la traición de la izquierda tradicional representada por el PSOE, que nunca debatió las políticas económicas de austeridad dictadas desde Berlín y Bruselas. PODEMOS exige un final al recorte de subsidios, una participación activa del gobierno en el ámbito económico, especialmente en contra de los bancos que ejecutan desalojos de propiedades, y una carga tributaria elevada a nivel corporativo. Este partido tuvo un éxito moderado en las elecciones recientes, ya que, si bien no está cerca de una mayoría, diluyó al PSOE a mínimos históricos y es el más votado por los jóvenes.

Del otro lado del populismo, y probablemente el más relevante al día de hoy por sus prontas repercusiones, encontramos la respuesta a la segunda crisis de la Unión, el tema migratorio. Los países con mayor flujo de inmigrantes provenientes de África del Norte y Oriente Medio, azotados por el extremismo islámico y el vacío de gobierno que dejó la fallida “Primavera Árabe”, se han polarizado en dos posturas incompatibles entre sí: La aceptación casi incondicional, aduciendo parte de la responsabilidad del fallo de esos países por la anterior colonización, como lo ha hecho la Francia del presidente Hollande y la Alemania de la canciller Merkel; y por otro lado, el sentir de los partidos emergentes AfD en Alemania y Frente Nacional en Francia, liderados por Alexander Gauland y Marine Le Pen, respectivamente. Desde la oposición, han criticado las políticas de refugio de los mandatarios, advirtiendo de las consecuencias que podrían tener en la seguridad nacional y en el tejido social de sus países.

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Tristemente, la oleada de atentados que han sido perpetrados por el Estado Islámico a lo largo del continente han confirmado la desconfianza en los inmigrantes, quienes en una cruel ironía se ven acusados por una sociedad que los confunde con los extremistas de quiénes han escapado en viajes que han costado muchas vidas. Esto a su vez genera un resentimiento en los refugiados, e injustamente despreciados, se refugian muchas veces en sus raíces y en “líderes” que los manipulan para odiar a la cultura occidental. No es coincidencia que cada vez más jóvenes europeos de raíces árabes crucen la frontera de Turquía a Siria, o busquen refugio en mezquitas radicales como las existentes en Moleenbeck en Bélgica, y se preparen para vengarse de sus propios países que ahora los ven como algo ajeno y sin identidad.

No sabemos cuánto tiempo más pueda durar este círculo de odio hasta explotar en un conflicto total. Sin embargo, cada minuto de cobertura que se le otorga a los líderes populistas europeos es uno menos para alcanzar este triste estado. Hace cien años el nacionalismo en los Balcanes encendió al continente entero, que un siglo después los conflictos de tipo étnico y religiosos no puedan resolverse de otra forma presentan un triste panorama de la humanidad, casi condenada a repetirse en sus peores momentos. Pero peor aún será, que, para comenzar este conflicto, borremos lecciones ya aprendidas y se arruinen las instituciones que debían servir como memorial de los horrores del pasado, y quede en un sueño cortísimo en la historia, la unidad del continente europeo.

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