Gobierno sin Estado

Luego de ver la conferencia de Eric Liu titulada “Why ordinary people need to understand power” entendí por qué nos compete volver a la raíz de las cosas antes de intentar entender la complejidad de la política nacional e internacional. A menudo se dice que de política, religión y fútbol no se habla en reuniones. A mi parecer, no es porque el tema en sí sea polémico o porque pueda llegar a implicar emociones que impidan llegar a acuerdos mediante la razón. Más bien, creo que es porque los conceptos raras veces están definidos y entendidos, por lo que es fácil cometer el error de defender y opinar acerca de algo que realmente no se conoce.

Si esto sucede con frecuencia en la religión y en el fútbol quizá las implicaciones de ello sean a nivel personal. Con la política es muy diferente porque si como sociedad no nos preocupamos por entender de lo que hablamos y defendemos, las repercusiones de ello afectan a la sociedad entera. Es por esto que decidí iniciar una serie de columnas en donde abordaré los conceptos que a mi juicio están en boca de todos pero en la cabeza de nadie. Puede que el análisis parezca que abarca cosas muy simples, pero reitero la necesidad que veo de entender la batalla de los conceptos. Al final, en la política las cosas son como queramos que sean. No se trata de una ciencia exacta, importa mucho el discurso (porque, izquierda y derecha no definen libertad de la misma forma ¿cierto?) los intereses y la ideología.

Hoy hablaré de la diferencia entre poder, gobierno y Estado. El primero es preciso decir, es inevitable en cualquier sociedad humana. Está presente siempre pero no por ello de la misma forma y en los mismos actores. En todas las relaciones interpersonales el poder, definido como la capacidad de que un actor logre que otro haga lo que éste quiera, se intensifica, intercambia y se extiende. Es necesario dejar claro esto para entender que el poder no es algo “malo” sino algo natural que surge de la necesidad de cada individuo por alcanzar sus propios intereses.

Así pues, el poder no centralizado y no institucionalizado está disperso en toda la sociedad. Podría decirse que nace de nuestra naturaleza humana. Si bien este puede ser de carácter económico, militar, ideológico y político, la mayoría de las veces se habla de este como un medio para alcanzar el fin. Desde mi perspectiva, perseguir el poder por la ambición del poder mismo, nace a partir de que el poder logra centralizarse y expandirse y esto, dentro de la sociedad, solo sucede cuando los individuos ceden su poder. Podría decirse que la otra vía es la coerción, sin embargo el poder que solo se sustenta en la violencia no es sostenible en el tiempo.

El gobierno, siguiendo la misma línea, concentra ese poder y se logra institucionalizar cuando las personas entienden que delegando ciertas funciones la vida en sociedad se ordena de forma más eficiente. Este, a su vez, pretende mantener el poder en los individuos, pues no administra ni regula sus asuntos cotidianos sino más bien, protege la vida y la propiedad de todos para facilitar la cooperación.

Un ejemplo de un gobierno que en un inicio pretendía cumplir estas funciones es el estadounidense y más tarde el británico, bajo el derecho anglosajón que respeta la tradición. Abajo se muestra el Bill of Rights ratificado en 1791 en donde se hace evidente la prioridad que se le da al respeto de la propiedad, la libre asociación, la libertad de prensa, de religión, de defensa propia, de discurso y de privacidad. Se establece un verdadero constitucionalismo en donde la ley no pretende administrar al pueblo sino más bien, definir los límites que el gobierno debe tener frente a la libertad de los individuos.

bill of rights.png

Tanto el poder como el gobierno han existido mucho antes del Estado. Y me atrevo a decir que los primeros dos sí surgen de forma natural. Lo que sucede con el gobierno es que corre un peligro latente, ya que una vez administra el poder, tiende a querer abarcar más, con lo que termina limitando la libertad.

El Estado es la consecuencia directa de esto último. Es el resultado de que los individuos delegen cada vez más funciones al poder y le permitan no solo protegerles sino más bien, administrarles. Cuando el gobierno establece cómo hay que educarse, qué es necesario para asociarse, limita la capacidad de los individuos de defenderse y portar armas, establece qué puede comprar el consumidor y en qué cantidad, se vuelve un Estado. Es importante entender que la cuestión no está en si estoy de acuerdo con la regulación de las leyes o no, sino más bien, que es peligroso que un poder centralizado regule cada vez más la vida de sus ciudadanos. No se trata de a quiénes les conviene lo establecido en la ley o no, sino si le compete al gobierno regular y decidir sobre las cuestiones tratadas.

Podría decirse entonces que un gobierno pretende proteger los derechos y un Estado, administrarlos. El salto de uno a otro no está en quién llegue al poder sino qué tanto estén dispuestos los ciudadanos a ceder y ante todo exigir. Hay que recordar que exigirle al poder es hacerse dependientes de él.

Yo le apuesto a un gobierno fuerte y no a un Estado que pretenda resolver mi vida con una ley.

 

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