Irene, mensajera de luz

Hace algunos años mi papá redactaba en el periódico una columna titulada “Mensajeros de luz”. Su prosa reflejaba una profunda admiración por esos “chinitos” cuya alma ilumina el paso de un viajero perdido. “Niños, jóvenes y adultos que traen luz, y en su luz, caridad” escribía el gran estratega. En aquel entonces leía la columna con una lágrima corriendo en mi mejilla. Era de esas lecturas que, para el que goza la compañía de un chico Down, toca el punto débil del alma, ese que roza con el botón que activa los lagrimales.

Hoy escribo en referencia a aquella columna. Hoy, 29 de abril de 2017, una de las personas más importantes de mi vida celebra el fin de una era académica que culmina en el jardín de la casa de estudios que nos reunió por primera vez. Esta persona es otra chica Down, tal como mi hermano Andrés, el “chapicito” que inspiró la columna original de mi padre. Irene no es una chica Down en el mismo sentido que mi joven hermano. Ella no tiene los ojos achinados–aunque eso dependerá de la hora de la mañana que sea–ni tampoco las manos gorditas y redonditas. No tiene la cromosoma extra que distingue la biología de un chico Down de uno no-Down. Sin embargo, ella sí es una mensajera de luz.

La primera vez que llegó a mi casa, Irene hizo una conexión especial con Andrés. Por alguna razón, Andrés vio en ella lo que se ve un amigo de toda la vida: confianza y pureza de corazón. Verlos jugar, reírse, conspirar para hacerle cosquillas al hermano mayor e incluso abrazarse con una intimidad inigualable me dejó perplejo. Fue difícil entender lo que pasaba. Es muy difícil conectar de esa manera con un chico Down en tan poco tiempo, al menos claro que sea otro chico Down. Meses después me di cuenta, en una de sus interacciones fantásticas llenas de paz y de alegría–porque son expertos en transmitir eso–que Irene es igual que Andrés.

Irene es de esas personas que no tiene dificultad para amistarse con un extraño mientras espera en la fila del cine o de tramitación de documentos. Cualquiera que deleite el dulce sonido de sus risas mientras su lengua se asoma entre sus dientes y vibra con los decibeles elevados de su voz ligeramente ronca se ve obligado a acompañarla en hermandad de carcajadas. No hay nada tan genuino y pacificador que acompañar a Irene en uno de esos momentos de explosión de alegría.

Uno difícilmente conoce gente tan noble de corazón y sincera de alma a lo largo de las vidas tan cortas que tenemos. Esas raras avis que iluminan el camino hacia un mejor futuro son meritorias de captura. La única forma en que una persona cuerda deje ir libre a una ave mensajera de luz es a través de los métodos que trágicamente nos narró Rubén Darío en su cuento “Pájaro Azul”. La única diferencia es que este pájaro es verde, porque cómo olvidar esos globos verdes cuya mirada hipnotiza al espectador mientras rinde su mente a vagar por la eternidad del tiempo y del espacio. De hecho así fue como la conocí, halagándola por la belleza de sus ojos en una primera reunión de la Asociación de Debates de la universidad. Así de idiotizado quedé la primera vez que le hablé.

Cualquiera que conozca a Irene sabrá, mientras lee esta columna, que escribo con toda sinceridad. Es irrefutable el hecho de que probablemente sea la mejor persona que muchos conocen, que es la primera en la lista de gente de confianza para resolver problemas, que no hay duda de que hace mejor a la gente con la que interactúa, que su sonrisa es el primer paso a la felicidad plena y que es un centro de gravedad de buenas vibras y buenos deseos.

Mi papá en otra de sus columnas para Andrés dice que “encarnan un nivel superior de amor incondicional”. No hay mejor descripción para un grupo de gente que aporta al mundo más que cualquiera en términos de sentimientos y de moralidad. Irene es, sin lugar a duda, una de estas personas que ilumina al mundo y nos hace querer vivir como ella. Irene es mensajera de luz.

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