¿A dónde se van las sombrillas?

Adriana Gutiérrez

I

Ante la vida, un cuento

– ¿Abuelo? ¡¿abuelo?!

– ¿Cuántas veces te he dicho que no me puedes llamar así?…al menos no todavía.

– Bueno, perdón.

– …

– Pero… ¿me vas a contar que pasó después?

– Claro que sí, claro que sí, ¿en qué estábamos?

– Me decías que tu papá te regaló una sombrilla para tu octavo cumpleaños…

– ¡Ah sí! Como olvidarlo. Podrás imaginar mi emoción al ver tremendo objeto en mis manos. Tanto así fue, que puedo decirte con toda seguridad, que, desde ese momento, hasta que tal sombrilla me dejó (o tal vez yo la dejé), fui el niño más feliz del mundo.

Aquí se apreciaba la imagen de un anciano, con el pelo más blanco que la nieve recién caída, que vestía ropa demasiado formal para cualquier situación, al menos para cualquier situación actual, y eso solo si la comparamos con ropa moderna. Éste era un aciano que vestía como se solía hacer. Bien se le podría imaginar caminando por calles de piedra con bastón en mano, viendo al cielo, un cielo vivo como el que solo se aprecia en el campo, en… ¿qué será? ¿Los años 20?, dando grandes y extravagantes pasos al andar, como siguiendo un compás, compás que solo él puede oír ¿o sentir?, pero así se ven todos a su alrededor, cada uno con un compás diferente. Hoy parecerían una manda de locos. Un hombre feliz en aquel tiempo pasaba desapercibido, no porque a nadie le importara, pero porque era común. Ahí estaba el anciano, sentado en un sillón rojo, de esos sillones en los que hoy solo se puede ver sentado a Santa Claus. Estaba con un niño a su regazo, un niño curioso. El niño parecía haber salido del pelo del anciano. Vestía de blanco en su totalidad y una leve, casi invisible luz radiaba de su pálida y delicada piel que contrastaba completamente con la piel del anciano, siendo ésta áspera y descolorida. Piel que por sí sola ya cuenta mil historias.

Curiosa pareja de individuos (por llamarlos de algún modo) se encontraba ahí, platicando, en un cuarto oscuro pero a la vez claro. Oscuro porque no había ventanas ni ninguna clase de luz, pero claro porque era una imagen inocente y que por sí sola, sacaba cierta luminosidad, de esas que no necesita luz para alumbrar, de esas que resaltan en la oscuridad, de esas que un niño puede ver pero un adulto ignora. Una radiante y cegadora pero casi invisibleluminosidad.

Y así siguió dicho anciano:

– Era una sombrilla hermosa, y en aquel instante te pude haber dicho, sin duda alguna, que todo niño en la inmensidad del planeta tierra quería, sin saberlo, una sombrilla igual a la mía. Y hoy estoy aquí, asegurándotelo. Cualquier duda que quedaba se va al decirte estas palabras: esa era una sombrilla maravillosa. Que lujo haber sido su dueño, y que orgullo poder decir que lo fui. Era hermosa, pero no era bella. Cualquiera la hubiera ignorado de haberla visto en cualquier tienda, no hubieses sido sensación de haber entrado con ella a cualquier lado, probablemente todo critico de sombrillas te diría que la mía era muy fea. Pero lo que pasa es que era hermosa. Hermosa, pero no a la vista. Hermosa, pero no atractiva. Hermosa al sentimiento. Hermosa y punto.

Así, mientras el anciano se ahogaba de emoción en sus propias palabras, sacando cada una de su boca con una melancolía de esas que provocan una sonrisa, escuchaba atentamente el niño. Escuchaba como escucha alguien interesado en sacar provecho de la historia, siempre con intenciones puras.

– ¿Y que hacías con la sombrilla? ¿jugabas?

–  Claro que jugaba, pero toda la situación era mucho más que un juego. Quien se hubiera atrevido a decirme que lo que hacía era jugar, se hubiera ganado mi enemistad por el resto de la vida y lo que le sigue.

Es que déjame te digo que no muchos lo podían ver. No. No muchos veían su potencial – y susurrando, casi sin poderse escuchar, dijo al oído del niño –…y solo yo veía su magia…

– ¡¿Magia?!

– Así como me oíste, pero no lo digas muy fuerte, porque aunque nadie te puede oír, esa es una palabra que hay que tratar con respeto y cuidado. Mucho cuidado. Lo mágico no se ha visto bien nunca. Que si es hechicería, que si el locura o demencia, que si es cosa de niños. Mejor decirlo en secreto y contarlo al de confianza, que lo mágico se roba con envidia de aquellos que no lo ven.

– ¿Y qué haré yo cuando vea algo tan mágico como tu sombrilla? Creo que las cosas así se deben compartir para que todos las gocen.

– Pero sucede que no todos las quieren ver para gozarlas, y quienes no lo logren apreciar te lo intentarán quitar. Se lo quedarán. Lo esconderán.

– ¿Por qué? – preguntó el niño asombrado.

– Esa es la incógnita más grande con la que me he topado. Sin tan solo supiera yo la respuesta. Ya no la puedo saber. Ahora solo puedo meditar la pregunta. No creo que esté en la naturaleza humana la maldad. O al menos esa es la creencia que he intentado sostener, pero hay tanta gente que se empeñó en demostrarme lo contrario…

– Ya no…ya no quiero, creo que es mejor que regrese…ya no quiero… – dijo el niño con voz desalentada.

– ¿Cómo sabes lo que quieres o no quieres si no tienes idea de lo que hay? No, no, no, no dejes que mis palabras te desanimen. Ya podrás tú, más adelante, sacar tus conclusiones. Al fin y al cabo de eso se trata la vida. No te quites la oportunidad de conseguir tus propias preguntas que meditar oresponder a tu criterio.

Hay algo que quiero decirte, algo que nunca debes olvidar: la vida es más de lo que se vive. Mucho más. Pero siempre se pueden expandir los horizontes. Hazlo. Y cuando te toque, porque te va a tocar si haces la elección que estoy seguro que harás, lidiar con gente que no piense como tú, no te enojes, no te desesperes, pero en especial, no te cierres. No les des nada que no estés dispuesto a dar. Que no te vean como no te quisieras encontrar. Ante esos momentos, una sonrisa, y recuerda, ante la vida, un cuento. Tu cuento. No te compares. Siempre que estés seguro, intenta. “Todos” no siempre te incluye a ti, y cuando puedas, evita meterte en el “ninguno”. Eso depende. Pero no todo depende.

Ahora, por favor, deja que te acabe de contar mi historia. No te aseguro que valga la pena porque no puedo. Ya me dirás tú al final. No te precipites, podrás tomar tu decisión cuando termine. ¿Qué no ves que aún falta la mejor parte?

Una estruendosa campanada se escuchó a lo lejos…muy a lo lejos. Ambos se vieron a los ojos y sonrieron.

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