Antes de irme

María André de la Parra

Te escribo porque puedo. Porque soy más débil en la madrugada. Porque aún recuerdo las tardes en la feria y nuestras risas acompañando la felicidad al fondo. Porque aún creo en vos y en lo poco que nos queda, que es casi nada.

Así como vos, yo también tenía miedo. No estaba lista. Pero decidí intentarlo. Sin etiquetas. Sin flores. Sin llevar la cuenta. Solo libertad, experiencias y canciones.  Así fuimos construyendo un amor que provocaba envidia.

Hablábamos de nuestras familias. Cuál está más rota.  Cuál es más unida. Hablábamos de nuestros amigos, de lealtad, de soledad. Hablábamos del futuro, de lo que nos quedaba por delante y de la dicha de contar con la realidad del presente.

El balcón era nuestro escenario, jugábamos y fumábamos. En todos nuestros viajes por el cielo, fingíamos desconocernos para encontrarnos de nuevo. Debatíamos la existencia de Dios y alabábamos a nuestros demonios. Construimos en pocos meses lo que otros no logran en años.

Y es que con vos siempre quise tener más que un amor millennial y superar los obstáculos que supone el amor en medio de la juventud. Pero tus expectativas empezaron a chocar con mi realidad, y al final nuestros errores y diferencias pesaron más. Entre pausas y reencuentros nos fuimos desgastando.

Verás. Con el tiempo, llegué a entender, por más que te quiera, que vos no conocés de amores libres ni yo de posesivos. Entendí que los opuestos se atraen pero no se soportan. Entendí también que no vas a cambiar, no vas a leerme, y yo no voy a seguir rompiéndome la mente tratando de entenderte.

Mi orgullo no me deja aceptar el miedo que siento. Miedo a verte a los ojos y no encontrar el amor que tuvimos. Miedo a dejarte ir porque sé lo que duele. Miedo a cargar con el cansancio  provocado por estar olvidándote. Miedo a que nuestra dinámica sucumba en lo cotidiano.

Es por eso que te ofrezco tiempo y espacio. Porque me niego a creer que esto fue todo.  Tiempo y espacio. Para que te encontrés. Para construirme y reconstruirme. Para que la rutina no destruya lo que, con tanto amor, creamos. Para que en libertad sepás que en mí siempre vas a encontrar un hogar.

A pesar de todo, sostengo mi profundo deseo de que encontrés las causas de la genuina felicidad. Me voy con la dicha de haber sembrado en vos, la magia del amor propio. Prometo seguir rezándole a nuestros demonios para que nos dejen en paz, y así volvamos a ser como cuando te conocí. Larga vida a tu risa y a la paz que encontré en ella.

Te quiero con paciencia, siempre.

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