Las mariposas negras

Thomas Brodtmann

Después de varios minutos de sentir cómo la sangre se chorreaba por todo el piso, me puse a pensar que las mariposas negras, en realidad no te podían dejar ciego.

O al menos eso era lo que mi papá me había contado hace varios años, mientras comíamos en la casa. Hay conocimientos o enseñanzas o chistes o frases o historias o datos o cualquier conocimiento de cualesquiera cosas en particular que nunca se te van a olvidar. Me puse a pensar en mi padre, porque dicen que siempre recordás a tus seres queridos antes de morir. Y pues, a mi ya solo me quedan unos cuantos minutos de vida, entonces me recordé de él. Mi viejo nunca pudo enseñarme todo lo que él sabía sobre todo tipo de cosas: la naturaleza, la física, la mecánica, la caza, la pesca, la construcción, etc.  Tenía una habilidad innata para arreglar cualquier cosa que tuviera la capacidad de deteriorarse o malfuncionar. Mi padre arreglaba todo lo que mi mamá arruinara.

Me doy cuenta que mi frente está sudorosa, y mi piel del color del mármol blanco que cubre el baño. Mi respiración se hace cada vez más constante y la sangre me sigue chorreando desde el pecho. Me inclino un poco para verme en el reflejo de la puerta de vidrio de la bañera, pero está nublada por el vapor de la ducha, y solo alcanzo a ver un tenue reflejo, pero lo suficientemente entendible para darme cuenta que mi cara está muy pálida, y tengo sangre en mi pelo húmedo. Mi madre me diría que necesito rubor, para “darle vida al rostro, con un destello de color”, pero nunca he sido ese tipo de chicas que pasan maquillándose a todos los lugares donde van.

Mi mamá solía decir que a las muchachas no había que darles tanta confianza.

—Después te roban —solía reprocharme cuando le preguntaba por qué era tan fría y pesada con ella. Nunca le gustó mi novio, Juan, porque siempre tuvo una mala espina de él.

—Ojalá no vengás a decirme que quedaste embarazada, Julia— me dijo una vez que regresé tarde y quise explicar dónde había estado toda la noche a la mañana siguiente en el desayuno. Qué razón tenía mi mamá en cuanto a haber continuado mi relación con Juan; dicen que las mamás casi nunca se confunden, y que tienen un sexto sentido maternal que las hace algún tipo de adivinas o psíquicas. Pero siempre me gustó hacer lo contrario que mi mamá me decía que hiciera. Agregaba un sentido de rebeldía inapaciguable que le daba emoción a mi vida.

Empiezo a sentir frío por todo mi cuerpo, es horrible, y cuando intento moverme, me encuentro en algún tipo de parálisis, siento el calambre en mis piernas, más fuerte que en el resto del cuerpo. El cosquilleo se vuelve tan intenso que ya no es un cosquilleo, sino que se ha convertido en vibraciones fuertes dentro de mi cuerpo. Son como gusanos comiendose mis restos, solo que sigo viva. Así que empiezo a arrastrarme, lentamente, hacia el clóset, en búsqueda de algo que cubra mi cuerpo desnudo y ensangrentado. Después de varios minutos, lo logro, y ayudándome de una sercha, logro botar la torre de camisetas más baja que hay. Agarro dos para cubrir mis pies, y uso una para apretar el corte en el pecho. Y luego, entre la montaña de camisas, veo la camisa que me regalaste. Aquella, la de color azul marino, con la tela de algodón más fina que hay, que decía “Hasta aquí llegué”. Recuerdo que me la llevé de tu departamento aquel día en que Juan se había ido un fin de semana de viaje. El mismo fin de semana que se suponía que iba a acompañar a mi mamá a visitar el “Hogar de Niñas San Ángelito” con víveres y ayuda. Qué hija de puta soy. Le quemé el rancho un fin de semana entero a Juan, mientras mi coartada había sido ir a hacer obra social y benéfica, “purificadora para el alma”, según mi madre. Y todo por vos, y ese es el tipo de cosas que aceleran mi corazón, y yo, adicta a la adrenalina que soy, nunca te voy a decir que no. Lo que sí te voy a decir es que probablemente llevamos esto al extremo, porque ni todo el placer que me dabas era suficiente para compensar con mi vida.

Sí, mi novio es un loco, desquiciado, pero yo también soy una hija de puta. ¿Qué agallas las que he de tener para invitarte a mi casa a hacer lo que hicimos antes que este loco viniera a quitarte la vida? Bueno, y probablemente a mi también. Nunca hubiera imaginado que Juan reaccionaría así ante esta situación. Bueno, yo se que soy una perfecta hija de la gran puta por haberle hecho eso a Juan, pero no era como para navajearme, ¿o si? Supongo que si todo esto sale a luz, van a decir que me mataron por puta, y no por culpa de un loco más hijo de puta.

La camisa no sirvió para nada, porque la sange sigue chorreándose, y me pregunto si el sangrado va parar o si va a parar matándome. Siento que ya no queda más sangre dentro de mi, pero el charco rojo que me cubre me dice que sí. Veo mi teléfono celular tirado a varios metros de mí, pero mi cuerpo ya no me deja moverme. Ahora en serio sí me estoy muriendo,  y no puedo hacer nada al respecto. Después de varios minutos, mis ojos ya no ven nada, pero mi mente sigue aquí. Es decir, ¿sigo viva, o acaso no estoy hablando? Pienso, luego existo, dijo Descartes, así que sigo viva, si sigo pensando todas estas pendejadas.

Me mataron por puta. No hay otra explicación, y no tengo nada más que esconder. Quebranté el sexto mandamiento de la iglesia por tener sexo contigo.

Pierdo la fuerza en el brazo, lo cual significa que fue en vano mi esfuerzo de apretarme la herida con la camisa, porque la sangre sigue chorreandose. Habrán pasado tal vez 5 minutos desde que me estaba bañando cuando Juan entró con su navaja a herirme. Y pensar que hace 10 minutos estábamos volando en lo más alto del cielo. Abro los ojos una última vez, y te veo, tu cuerpo ensangrentado igual que el mío, pero mínimo estas sobre la cama, ya inerte, ya sin movimiento, ya… muerto.

—No, Julia, las mariposas negras no te pueden dejar ciega. Esto lo aprendí de tu abuelo: las mariposas negras sueltan un polvo, que no es ni siquiera polvo, porque en realidad, son las puras escamas de su ala que están cayéndose, y si te caen en los ojos, lo peor que puede pasarte es que se te irritan un poco. Así que la respuesta es no, las mariposas negras no te dejan ciega.

Ojalá hubiera sido él. Te juro que estas palabras serían la solución perfecta. Que Juan te había matado, y no yo, y que Juan había navajeado a Julia y no me había navajeado yo misma, que este crimen era un crimen de amor y de traición. Que la víctima era yo. Yo misma causé esto. Y es que la culpa se me convirtió en demencia y creo que yo ya no podía conmigo. Juan siempre fue una persona de bien. La mariposa negra fui yo.

Decido recostar la cabeza de nuevo. La escena no es nada bonita y el corte que me hice fue bastante profundo. Tal vez las cosas son más fáciles así. Tal vez nadie me necesita, y tal vez a nadie le duela. Soy perfectamente reemplazable. No valgo nada. Mientras descanso, logro ver el marco de la puerta, que tiene una ventana tragaluz en el techo, y para mi final feliz, lo último que logro ver es una mariposa negra, postrada en la ventana del techo, aleteándome.

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