Breve apreciación del día que todo cambió

Maripaz Estrada

Si tan sólo por un segundo, por un instante, pudiera parar el tiempo y retroceder las agujas del reloj para regresar a esos días que no quiero jamás olvidar, esos días que al recordar te enchinan la piel y producen en ti un no sé qué.

Es un tiempo que aparenta ser lejano, sin embargo, todo en mi mente pasa como si hubiera sido ayer. Es tan real, tan auténtico, tan cierto y tan tangible que al despertar de esa ilusión pareciera que mi mundo se desvaneciera poco a poco. Si tan solo el recordar fuese selectivo, y la mente pudiese bloquear esas remembranzas que agrian la vida; sería mucho más sencilla de vivirla.  Viéndolo así, hay un día que no quiero evocar, el cual me encantaría bloquear o borrar de mi ser.

El día en donde todo fue tan rápido, tan abrupto y sin escrúpulos; antes que por sorpresa tocaran a su puerta, se levantó temprano, tomó una ducha y vistió su típico traje de domingo. Eran los últimos días de verano, así que disfrutábamos los zagueros amaneceres, el cántico de las aves, las flores restantes que la primavera había traído y el zumbido de las abejas. El calor había descendido considerablemente, el viento iniciaba a soplar y el ambiente denso se comenzaba a disipar. Ambos intentábamos distraernos con todas estas bellezas que la naturaleza brinda, y así postergar lo que era evidente; los días llegaban a su fin, la hora se acercaba y yo debía marcharme para continuar con mi vida en la ciudad.

Ninguno de nosotros reconocimos el presagio. Todo ocurría con normalidad, a pesar de que la noche anterior él había dormido poco. A las 9:45 a.m. salimos de casa para asistir a la misa dominical del padre Fernando. Caminamos despacio, no nos afanábamos por llegar presto, ni mucho menos apresurábamos el paso para así no agitarnos. Durante el camino, él me fue hablando de lo maravilloso que es la vida, de cómo hay que vivirla y como disfrutarla; entre la charla me dijo que todos los buenos momentos, las memorias, las carcajadas que compartimos irían por siempre impresas en nuestros corazones; que cada arruga en su rostro no eran más que el rastro de las veces que rió por mí, que lloró por mí, que se preocupó por mí. Que no importaba lo que el tiempo nos trajera o a donde nos llevara, dondequiera que estuviéramos de seguro estaría gozoso de quien me he convertido y de lo que he logrado en esta vida. Como estos sermones de vida, eran ya una costumbre, le di poca importancia a lo que en ese momento él me decía. Sin pensar que la tarde de aquel domingo todo cambiaría y tomaría un nuevo y diferente rumbo nuestros destinos.

Al salir de misa dí gracias a Dios porque el sermón del padre había sido relativamente corto, digamos una hora, en comparación con los servicios de dos que de costumbre da. Saludamos a casi todos los asistentes; como es un pueblo chico todos nos conocíamos y por obra de las mujeres viudas y sin oficio, conocíamos la vida y milagros de cada uno de los presentes, así como de los que por alguna razón no asistían a la iglesia.

Llegó el atardecer, comencé a tocar el viejo pianoforte que había en la sala, y él salió al jardín a leer una obra de Gabriel García Márquez. Eran alrededor de las seis de la tarde cuando me levanté del banquillo de aquel piano y me dirigí a la cocina. Calenté un poco de agua para el café, y al dirigir mi mirada hacia afuera de la casa me percaté que algo no andaba bien. En su mano desfallecida sostenía un vaso del cual pequeñas gotas de agua se deslizaban hasta terminar con la totalidad de agua que alguna vez había cundido el vaso.

Ya había llegado, había tocado a la puerta; lo único que recuerdo de ella era el hecho que era tan frívola y despiadada que arrancó de mi lo que más valoraba y apreciaba, se lo llevó para nunca devolvérmelo y con la más fría de las caricias me advirtió que también regresará algún día a por mí.

 Han pasado ya muchos años, sin embargo, su recuerdo sigue tan vívido en mi mente, parecería que no lo he podido superar. Un día me prometí que no iba a llorar nunca más, que iba a ser fuerte y que no iba a mostrar a nadie ese lado sensible, susceptible, delicado que por muchos años he estado ocultando en lo más profundo de mí ser. Una imagen más bien débil y frágil ante los ojos del mundo. No porque le tenga miedo a la detracción de la humanidad, sino que es una faceta que solamente él pudo comprender y que al exponerla ante la mirada alerta de quienes nos rodean es tan perceptiva que a la mínima crítica se puede desmoronar como un vidrio de cristal.

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