La epidemia del like y del follow

Por Ánika Lorenzana Valdés

Desde la creación de internet en 1969 por parte del Departamento de Defensa de Estados Unidos comenzó a promoverse el desarrollo y la masificación de distintos aparatos tecnológicos. Computadoras portátiles, teléfonos inteligentes, tablets y otro sin fin de gadgets han aparecido desde entonces, moldeando y transformando la forma en que los individuos se relacionan entre sí. El proceso generado a partir de esta revolución digital ha modificado los paradigmas de la comunicación, contribuyendo a generar un intercambio global y expedito de información entre los individuos. Como epítome de esta revolución tecnológica las llamadas redes sociales comenzaron su aparición a partir del siglo XXI,   acortando aún más el espacio que nos separa como individuos.

Empezando por la manera en que sienten y perciben su entorno, los gustos y disgustos de su día a día, sus creencias ideológicas y religiosas, las inclinaciones políticas que profesan hasta la manera en que prefieren tomar un café, estas comunidades virtuales han permitido a las personas compartir todo tipo de información a una velocidad única. Los individuos pueden ahora contar al mundo a través de fotografías, tweets y emoticones quiénes consideran ser, compartiendo información a la que en otros tiempos solo personas cercanas tenían acceso.

Desde su aparición las redes sociales han cobrado gran importancia, aumentándose exponencialmente el número de usuarios pertenecientes a estas comunidades. Hoy en día, alrededor de 2.789 millones de personas son usuarios activos de redes sociales, representando esta cifra a un 37% de la población mundial. Entre las plataformas que mayores indices de usuarios presentan se encuentran: Facebook con alrededor de 2000 millones de usuarios a nivel mundial, Instagram en un segundo puesto, WhatsApp, y Twitter.

La diversidad en cuanto a la tipología y funcionalidad de estas redes sociales ha contribuído a que el individuo participe cada vez más del uso constante de estas plataformas. Ya no es suficiente un perfil de Facebook para estar conectado y en sintonía con el resto de personas, ahora se requiere que la persona cuente con una infinidad de cuentas cibernéticas que le permiten comunicarse y relacionarse con el resto del mundo de muchas y diferentes maneras.

Como cualquier otra innovación humana, las redes sociales se presentan como herramientas que incrementan y potencializan la cualidad de trabajo del ser humano. Las ventajas y beneficios obtenidos por estas plataformas son, sin duda alguna, varios y numerosos. Dentro del la gama de provechos que el usuario obtiene de estas plataformas se encuentran: la comunicación instantánea con personas de  cualquier parte  del mundo, la obtención de información y entretenimiento a tiempo real, el aumento de la visibilidad de una marca y la difusión de contenidos de una empresa, el fomento de la interacción y colaboración entre profesionales y la posibilidad de analizar el rendimiento de la competencia a nivel empresarial mediante los denominados benchmarking y otras herramientas de monitoreo y análisis. Así estas y muchos otras ventajas brindadas por mencionadas plataformas han contribuido a acrecentar su uso, ocasionando que hoy en día la persona promedio invierta grandes cantidades de tiempo utilizando estos medios de comunicación digital.

Ahora bien, como cualquier otro instrumento, el empleo imprudente e intensivo de las redes sociales presentan desventajas y efectos perjudiciales al usuario. La cada vez más común y frecuente estafa a usuarios, los riesgos en cuanto a la configuración de la privacidad en las cuentas creadas, el cyberbullying como variante digital del acoso y el denominado grooming o hostigamiento erótico a menores son algunos de los efectos perjudiciales y tangibles que el uso indebido de las redes sociales presentan.

Si bien mencionados efectos son lo suficientemente nocivos y destructores, existe un daño que, aunque invisible y de poco alcance, afecta desfavorablemente la manera en que nuestras sociedades se desenvuelven. Las consecuencias nefastas que las redes sociales pueden llegar a manifestar a nivel neurológico y psicológico son cada vez más evidentes.

Estudios señalan que la inversión excesiva de tiempo en determinados espacios cibernéticos puede llegar a generar conductas adictivas en las personas y a comprometer significativamente su identidad y autoconcepto. Al analizar la respuesta cerebral que un like o follow ocasiona en la persona, se ha encontrado que existe una liberación de dopamina a corto plazo similar a aquella experimentada tras el consumo de sustancias como el azúcar y la cocaína. Estos estímulos cerebrales al ser constantemente reforzados mediante el uso intensivo de los aparatos tecnológicos crean en el individuo una relación de dependencia y sujeción, pudiendo llegar a comprometer significativamente sus relaciones sociales, su rendimiento laboral y el desenvolvimiento social.

Junto a esto, la construcción de una identidad consciente y creativa se ve comprometida a causa de la exposición constante a figuras y prototipos de belleza y éxito. Poco a poco el individuo va dejando de ser lo que realmente es, buscando proyectarse y asimilarse cada vez más a estos parámetros culturales difundidos mediante plataformas y medios digitales. La desconexión de la persona con el mundo real que lo rodea, ocasionada por este deseo de buscar pertenecer al mundo ilusorio proyectado en estos aparatos va poco a poco deteriorando su sentido de autopercepción y pertenencia, comprometiendo así su autoestima y sentido de valía.

Finalmente, esta desconexión con su propia persona y con los vínculos reales a los que pertenece comprometen la generación de ideas nuevas y creativas, así como también impiden que procesos de innovación y desarrollo surgan. Junto a esto, el bombardeo constante de anuncios publicitarios y las promociones online generan confusión en la mente de la persona, ocasionando que poco a poco su comportamiento vaya modificándose y generando necesidades superfluas y sin fundamento. Como consecuencia, la masificación de la cultura pop, el desarrollo de economías de consumo y la alienación de la persona con su entorno comienzan a deteriorar el progreso y evolución de nuestras sociedades, comprometiendo los valores y pilares éticos que una vez hicieron de la cultura occidental un ejemplar civilizatorio.

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