¡Felicidades, América!

“El general espíritu de fidelidad a las convicciones de los primeros colonos ha hecho de Estados Unidos el país más próspero, el más fuerte y, en términos comparativos, el moralmente más envidiable de la historia contemporánea.”

Luca Moratal Roméu

América está de fiesta. Todo americano —incluso los más golpeados o defraudados por los últimos acontecimientos— debería estar celebrando estos días. Es más: cualquier amigo de la libertad, en cualquier parte del mundo, debería hacerlo. No hay excusa. A pesar de todas las dificultades, de todo lo que hemos sufrido, y perdido, y de la incertidumbre que envuelve el futuro, estos días deberían levantarnos la moral y recordarnos que otro mundo es posible. América lo demuestra. 

El 11 de noviembre se han cumplido 400 años del desembarco del Mayflower en Cape Cod, cerca de lo que ahora es Provincetown. Ese mismo día sus pasajeros, los conocidos como Pilgrims (“peregrinos”, en atención a la búsqueda de libertad religiosa que motivaba la empresa), suscribían el llamado Mayflower Compact, por el que acordaban la fundación de un civil body politic (un “cuerpo político civil”), y que pasaría a la historia como el primer documento constitutivo de un régimen de autogobierno en la historia de Norteamérica. Así nacía la colonia de Plymouth, segundo asentamiento inglés en el continente y símbolo del espíritu fundacional de los Estados Unidos. 

Su relevancia, sin embargo, no se agota ahí. Como evidencia Antonio Escohotado en el segundo tomo de su trilogía Los enemigos del comercio (Espasa, 2013), la colonia de Plymouth ocupa una posición de primer orden en la historia moral de la propiedad privada y la libertad económica. Inicialmente, los Pilgrims instauraron un sistema de “reparto igualitario del trabajo y sus beneficios”; es decir, se rigieron por un modelo económico comunista. En 1623, tras algo más de dos años organizados de esta manera, la escasez de alimentos y la precariedad de las condiciones de vida eran insostenibles. William Bradford (1590-1657), gobernador de la colonia durante 35 años y cronista de la misma, relata que, ante esta situación, “tras mucho debatir [los colonos] convinieron en que cada hombre se encargase de cultivar particularmente, manteniendo todas las cosas en común como antes”, asignando a cada familia “una parcela de tierra proporcional a su número”. A todos los efectos, se privatizó la propiedad de la tierra, hasta entonces poseída y cultivada en común. “Esto tuvo gran éxito, pues hizo que todas las manos se tornasen muy industriosas, y se plantó mucho más maíz que hasta entonces”. Ese mismo año, “cuando llegó el tiempo de cosechar, en vez de hambre Dios les dio abundancia, y la faz de las cosas cambió”. 

Bradford no se resiste a sacar sus propias conclusiones de esta experiencia. Mucho antes que Adam Smith, el cronista ya condena la “arrogancia” [conceite] de los planificadores sociales, que piensan que “suprimir la propiedad y compartir la riqueza creará dicha y florecimiento”. En Plymouth, por el contrario, el comunismo “engendró mucha confusión y desconfianza, y retrasó mucho empleo [de los recursos] que habría redundado en su beneficio y comodidad”. Bradford anticipaba los argumentos pretendidamente apriorísticos de los futuros economistas al constatar, a posteriori, que nada había estimulado tanto el rendimiento de sus conciudadanos como la promesa de poder conservar sus frutos. 

Libertad religiosa, libertad política, libertad económica; o, mejor, simplemente libertad, sin adjetivos, se convirtió, desde entonces, en la constitución histórico-existencial de la actual primera potencia global. No siempre esta constitución, o “pre-constitución”, de los Estados Unidos ha sido impecablemente observada; pero el general espíritu de fidelidad a las convicciones de esos primeros colonos ha hecho de este país el más próspero, el más fuerte y, en términos comparativos, el moralmente más envidiable de la historia contemporánea. Ayn Rand, en Atlas Shrugged (Random House, 1957), se referiría a él como “el producto de la razón” y “el conquistador de la realidad física”, cuya premisa fundacional fue “que el hombre es un fin en sí mismo, no un medio para los fines de otros; que la vida del hombre, su libertad y su felicidad son suyas por derecho inalienable”. Por todo ello, es imperativo estos días celebrar y felicitar a América de todo corazón. 

Naturalmente, esta disposición necesariamente festiva no debe distraernos de los problemas que atraviesa la Tierra de los Libres (The Land of the Free), y, con ella, la humanidad entera. Los americanos están quizá hoy más cerca que nunca de olvidar que se constituyeron como nación soberana para ser, efectivamente, libres, no esclavos de la mitad más uno, peones de la planificación social o chivos expiatorios de sentimentalismos identitarios. Los altísimos niveles de participación y la agresividad que han definido las últimas elecciones presidenciales no han hecho sino atestiguar que el Faro universal del republicanismo, de los derechos individuales y del gobierno limitado no vive su mejor momento. No es, evidentemente, éste el motivo de mi felicitación. Pero ni siquiera tan grave coyuntura es razón suficiente para dejar de felicitar al pueblo norteamericano por sus 400 años de historia —y 397 de historia radicalmente anticomunista—, ni de celebrar con él. América saldrá de ésta y volverá a sus irrenunciables ideales fundacionales. Pues, como escribiera Tocqueville en De la démocratie en Amérique (1835), su gran privilegio “no consiste solamente en ser una nación más ilustrada que otras, sino en su capacidad de enmendar sus errores”. 

Felicidades, pues, a América. Brindemos por América y animemos a América, acaso angustiada y abatida, a brindar con nosotros. A pesar de todo. A pesar del virus, de la decadencia de su vida política, de la corrupción de su juventud y de todos los peligros que acechan. A pesar de todos sus errores. 

A pesar, incluso, de la victoria de Biden.

Imagen de Ronile en Pixabay

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