No hay causa perdida

Las armas os han dado la independencia, pero sólo las leyes os darán la libertad

Francisco de Paula Santander

Entré a Colombia ya hace más de un mes a través del Aeropuerto El Dorado de Bogotá. Un aeropuerto moderno, y bastante grande, siendo el hub de varias rutas aéreas, no solo internas, sino a Sudamérica y Europa. En ese mismo aeropuerto, al regresar de toda una travesía por Colombia, me encontré al actor Fernando Solórzano, también conocido por su papel como «Óscar Cadena» en el Cartel de los Sapos.

Siguiendo con las novelas de narcotráfico, las cuales, a pesar de que muestran una parte de la historia y realidad de Colombia, definitivamente contribuyen distribuir los paradigmas que existen alrededor de ese país y sus ciudadanos. Es cierto que Colombia tiene serios problemas de crimen organizado, como todos los países de Latinoamérica, pero tiene muchísimo más que eso.

Unos meses antes de viajar a Bogotá, leí el libro «No hay causa perdida», escrito por Álvaro Uribe, expresidente de Colombia entre 2002 y 2010. Y verdaderamente Colombia es un ejemplo de que no hay tal cosa como una causa completamente perdida, considerando que a principios de siglo era una especie de «Estado fallido», y hoy en día es un país miembro Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el club de países con altos estándares de desarrollo.

Lo que ha pasado en Colombia en los últimos 20 años es un ejemplo para los países centroamericanos. No es imposible que un país cambie en relativamente poco tiempo. Referirse a Guatemala como que si no hubiese nada que hacer para mejorarla es un error. Si Colombia lo logró, ¿por qué Guatemala no podría?

El primer lugar que visité en Colombia fue la Catedral de Sal, una parada obligatoria para toda persona que llegue a Bogotá. Dicha Catedral está construida dentro de las minas de sal de Ziquipará, a unos 45 minutos de la capital de Colombia.

Ese mismo día, es posible pasar a comer a Andrés Carne de Res de Chía, un pequeño pueblo ubicado entre Zipaquirá y Bogotá. Contrario a lo que se puede creer, hay muchísimos Andrés Carne de Res en Colombia. No obstante, los de visita obligatoria son los de Chía (el primero que se creó) y el de Distrito Capital, ubicado en una de las zonas más exclusivas de Bogotá. Más allá de ser un restaurante, Andrés Carne de Res es una experiencia que refleja la alegría de la cultura colombiana.

Hablando de la cultura y la comida colombiana, me sorprendió el no encontrar tan fácilmente restaurantes de las cadenas de comida rápida de Estados Unidos, a diferencia de Centroamérica. Es evidente que el colombiano en general tiene diferentes hábitos alimenticios a los centroamericanos cuando elige a dónde salir a comer.

Mi primera semana en Colombia, luego del domingo entre Zipaquirá y Chía, la pasé en Bogotá, una ciudad de más de 8 millones de habitantes, si se toma en cuenta su área metropolitana. Además de ser un lugar frío, Bogotá también tiene muchos lugares para visitar.

Uno de los lugares imperdibles es la Plaza Bolívar, en el Centro Histórico. Ahí, está ubicados: Casa Nariño (Casa Presidencial); el Congreso de la República (conformado por el Senado y la Cámara de Representantes); la Alcaldía de Bogotá; la Catedral Primada de Colombia (construida en el siglo XIX); y el Palacio de Justicia (el cual fue tomado por el grupo guerrillero M-19 en noviembre de 1985, a cambio de dos millones de dólares de parte de Pablo Escobar, personaje del cual hablaré más adelante).

En el centro, también es mandatorio visitar la «Puerta Falsa» para tomar chocolate caliente. Según nos contaron, se llama así puesto que originalmente era la puerta por la cual se salían los asistentes de las misas en la Catedral (que duraban varias horas), pero para tomar aguardiente.

Otro sitio que sí o sí se debe visitar en Bogotá es el Cerro de Monserrate, el cual es posible subirlo por funicular o por teleférico (cuando está funcionando). Me hizo recordar al fallido teleférico de Amatitlán, el cual sin duda atraería muchos turistas locales si no estuviese abandonado.

Vista desde el Cerro Monserrate

Lo interesante de subir el Cerro Monserrate es experimentar la sensación de estar a más de 3,150 metros sobre el nivel del mar. En comparación, Ciudad de Guatemala está a 1,500 y La Paz, Bolivia está a 3,640. En la altura, en palabras simples, cae drásticamente el nivel de oxigeno en la sangre, por lo que se pueden experimentar mareos y dolores de cabeza, entre muchos otros padecimientos. Para ello, una solución es tomar té de coca, el cual probé con miel. A diferencia de lo que se puede creer, consumir té coca (o masticar la hoja), no causa lo mismo que el consumo de cocaína, sino todo lo contrario, al parecer sirve como tratamiento para varias enfermedades.

De la hoja de coca, se pueden hacer muchos productos, incluyendo pomadas y hasta licores

Al bajar el Cerro, es perfectamente posible visitar el Museo Quinta de Bolívar, lugar donde vivió Simón Bolívar en varios períodos de su vida, incluyendo cuando fue Presidente de la Gran Colombia entre 1826 y 1830. No puedo dejar de resaltar el orgullo con el que la historia de Colombia admira al «Libertador» de origen criollo, a diferencia de la historia en Guatemala, que más bien es bastante crítica de los líderes independentistas, los cuales ni siquiera son identificables para el guatemalteco promedio.

Banderas de los países liberados por Simón Bolívar en su antigua residencia (de izquierda a derecha: Perú, Panamá, Colombia, Venezuela, Ecuador y Bolivia).

Siguiendo con los museos que se deben visitar en Bogotá, están el Museo del Oro y el Museo Botero. El Museo del Oro es importante visitarlo para entender lo que este mineral representa para la historia, la cultura y el desarrollo socioeconómico de Colombia. La minería en Sudamérica es una fuente histórica de empleo, riqueza y desarrollo, quizá porque no existe una industria de ONG’s que lucran con la conflictividad en proyectos mineros.

El Museo de Botero también es importante visitarlo. Las exposiciones no incluyen únicamente obras del artista originario de Medellín. El mayor logro de Fernando Botero, sin duda, es haber creado un estilo propio, denominado «Boterismo» y que es fácil de identificar, ya sea en Bogotá o en Miami.

«Una Familia», por Fernando Botero

El Museo de la Policía también es muy interesante de visitar. En lo personal, lo que más me llamó la atención fue que tuviesen el Rólex que fue encontrando por las Fuerzas Armadas que neutralizaron al «Mono Jojoy» uno de los líderes históricos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – FARC. Y es que claro, los líderes comunistas son «comunistas», pero no tontos, y por eso les gusta disfrutar del capitalismo, incluyendo relojes ostentosos.

Junto con el rescate de Ingrid Betancourt, neutralizar a un criminal guerrillero del nivel de Jorge Briceño (Mono Jojoy) fue uno de los grandes momentos de la Presidencia de Álvaro Uribe. ¿Cómo van a detestar los zurdos latinoamericanos a Uribe, si derrotó militarmente a asesinos y secuestradores comunistas? Todo ello mientras implementó programas contra la pobreza exitosos, destacando mejores condiciones para la inversión, sin endeudar tanto a Colombia. La historia ha hecho un mejor papel juzgándolo, y hoy, en contra parte, países alineados con el Socialismo del Siglo XXI, como Venezuela, están en la miseria total, mientras que otro país como Ecuador está al borde del quiebre por la deuda contraída durante el Correísmo.

Ahí mismo, a la par de las pertenencias de Mono Jojoy, están las pertenencias que el narcoterrorista Pablo Escobar tenía cuando intentó escapar del Bloque de Búsqueda el día de su muerte. Al final, gracias a Dios, fue neutralizado. Pablo Escobar, un personaje sanguinario y extravagante, definitivamente marcó a toda una generación de colombianos, que día a día, particularmente entre los 80’s y principios de los 90s, tuvieron que lidiar con los actos no solo de los grupos guerrilleros, sino del Cartel de Medellín. Hoy en día, es relativamente común que previo a entrar a un edificio (no solo del Estado) si no a centros comerciales, perros que detectan explosivos olfateen a las personas y/o a los vehículos. Eso es parte de la herencia de los grupos del crimen organizado, que practicaron sin piedad y de forma continua actos terroristas con explosivos por todo el país.

Casi 18 años después de la muerte de Escobar, Colombia es un país muy distinto. Claramente, dista de ser un país libre de violencia, pero es un hecho que las cosas han cambiado para bien.

Mientras estuve en Bogotá, no tuve una percepción de inseguridad fuera de control, tampoco las personas con las que conversé me lo transmitieron. De hecho, me llamó mucho la atención lo común que es movilizarse en bicicleta, lo cual no solo es una muestra de la existencia de medios alternativos de transporte, que incluyen al Transmilenio (inspiración para el Transmetro de Ciudad de Guatemala), si no que existe cierta garantía de seguridad.

Hablando de bicicletas, tampoco es extraño recibir pedidos a domicilio por ciclistas. Lo que me lleva a la siguiente anécdota que viví en Bogotá. Una noche, pedí una pizza para el apartamento de mi papá, quien lleva ya unos meses viviendo allá. Al pagar, el repartidor me preguntó a cuántas cuotas quería pagar una pizza (que costó el equivalente en pesos colombianos a unos 10 dólares). Es la regla que absolutamente todo sea ofrecido en cuotas. No me cabe la menor duda, sin ver los datos, que seguramente es muy «normal» que las colombianos con acceso a tarjetas de crédito vivan endeudados.

Al pasear por las calles de Bogotá, ya sea movilizándose en bicicleta, en carro o a pie, vi en repetidas ocasiones a venezolanos vendiendo bolívares, la moneda de Venezuela. Ya sean los billetes para coleccionistas, o billetes y bolsos, la moneda del país vecino vale más en cualquier forma, menos por lo que puede comprar.

Solo el año pasado, la hiperinflación en Venezuela fue de casi el 3 mil por ciento. No es de extrañar que tantos venezolanos hayan escapado de su país. Eso es el resultado de ya dos décadas de socialismo. Miseria, corrupción y una diáspora para huir de sus consecuencias.

Venta de bolívares en Bogotá

Tuve la oportunidad de conversar con la venezolana que ayuda con la limpieza en el apartamento de mi papá. Además, también se dedica a tener un puesto de «tinticos», como le dicen a los cafés negros en Colombia, para mantenerse y enviarle algo a sus dos hijos, que aún viven en Venezuela. En total, gana alrededor de 400 dólares entre las dos actividades a las que se dedica. Con todo y eso, vive mejor de lo que podría vivir en Venezuela, en donde es casi imposible desarrollarse dada la falta de oportunidades económicas, la violencia y la devaluación diaria de los bolívares, entre otros motivos. Considerando que Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo, no va de broma que los socialistas podrían dejar un desierto sin arena.

Colombia es un país lejos de ser perfecto, pero que ha tenido avances significativos en el siglo XX. Ya dedicaré otro escrito a mi viaje por Santa Marta, Barranquilla, Cartagena y Cali. Luego de dos semanas allá, me queda claro que no hay causa perdida, ni siquiera para el caso de Centroamérica. Con lo cerca del abismo que pareciera estar Guatemala, estoy convencido que tiene solución. Si los colombianos pudieron, ¿por qué los guatemaltecos no podríamos?

Un comentario en “No hay causa perdida

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s